Las lecciones del sacrificio
En el Antiguo Testamento vemos cómo se agradaba Dios de los sacrificios de animales ofrecidos a Él. Eso, sin embargo, no significaba que el Creador de los Cielos y de la Tierra era un Dios sanguinario y que se divertía con la muerte de Sus criaturas. ¡No! Las ofrendas, los sacrificios y los holocaustos que Le ofrecían simbolizaban entregas verdaderas y perfectas que se adecuaban a la naturaleza y voluntad divinas.
Así, por medio del sacrificio, el Señor nos da tres importantes lecciones:
Primera: debemos ofrecerle lo más importante, lo más sagrado y único, nuestra propia vida.
Segunda: la vida pertenece a Dios, por lo tanto, al matar un animal para ofrecerlo a Él, Le estamos dando lo que ya Le pertenece. Él mismo podría disponer de ese animal, o de cualquier otra ofrenda cuando lo deseara.
Tercera: el sacrificio siempre debe resultar en beneficio de otras personas. Los sacrificios ofrecidos en el Templo servían, también, para alimentar a los sacerdotes y al pueblo, además de producir el dinero necesario, proveniente de la venta de esos animales para mantener el Templo y el culto. Esas lecciones aún se aplican en nuestros días. Aunque el sacrificio de animales haya cesado hoy, el Señor continúa exigiendo actitudes semejantes de cada uno de nosotros. Él ansía nuestro propio sacrificio, pero no sangriento y con muerte, sino una ofrenda viva, lo que para Él aún es más significativo. Dios desea nuestra vida por completo, sin reservas. El Señor Jesús dijo: “El que halla su vida, la perderá; y el que pierde su vida por causa de mí, la hallará” (Mateo 10:39). De la misma forma, Él afirma que nuestra vida pertenece al Señor y, por eso mismo, debe ser moldeada según Su voluntad.
Quien no vive de acuerdo con Sus Palabras, puede considerarse un muerto vivo, pues, como dijo el apóstol Pablo: “Porque yo por la ley soy muerto para la ley, a fin de vivir para Dios. Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí; y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas 2:19-20). El Señor Jesús Se sacrificó por nosotros y ahora espera nuestro sacrificio. Él no espera que sólo nos “engordemos” de Su poder y que cantemos para nosotros mismos o tengamos sueños coloridos en mansiones celestiales. Él nos quiere como sacrificio vivo, santo y agradable a Su disposición. De ese modo, entonces, no habrá más lugar para creyentes muertos, fríos o tibios, pues sólo pertenecen al cristianismo del Señor Jesús quienes Le ofrecen su vida de cuerpo y alma al servicio de Su obra.
Dios los bendiga a todos.
Obispo Edir Macedo
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Sacrificio: el precio de la conquista
A partir de una tierra vacía y sin forma, Dios planificó construir Su Reino con la ayuda de Su criatura. Él trató de hacerlo mediante una alianza con el primer hombre, Adán. Pero Adán falló. Luego lo ensayó con otros hombres; pero desgraciadamente, también fallaron. Finalmente, Dios envió a Su propio Hijo para el sacrificio, a fin de que todo aquel que considerase este sacrificio como definitivo, y también aceptase Su Palabra haciendo de ella una norma de vida, estuviera automáticamente en alianza perpetua con Dios para la construcción de Su Reino en la tierra. El sacrificio es un fenómeno universal y no se conoce ninguna religión que no tenga un ritual de sacrificio. Es la más alta expresión de fe, y significa una renuncia voluntaria de algo de valor a cambio de algo mucho más importante. Significa dar importancia a un objetivo deseado; es perder un poco ahora para recuperar mucho más después. Y cuando se sacrifica alguna cosa es porque ya se sabe con antelación y con absoluta certeza que se va a alcanzar algo de gran valor. Además de eso, el sacrificio caracteriza una firmeza absoluta de carácter de quien lo practica. No hay otro camino que nos permita la realización de un gran objetivo si no es a través del sacrificio. El sacrificio es la menor distancia entre el querer y el realizar. ¡Es, verdaderamente, el precio de una gran conquista!
Todo sacrificio tiene dos aspectos principales: el espiritual y el físico.
El aspecto espiritual se refiere a la fe: “Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1). No se puede realizar ningún tipo de sacrificio sin que la fe esté presente. Ella es la base fundamental del propio sacrificio.
Es interesante destacar que no existe una lógica o una razón para explicarla, ya que depende del grado de fe de cada uno. El aspecto físico tiene que ver con el elemento que es sacrificado. Y existen también dos tipos de sacrificio como ofrenda: el sacrificio del reino vegetal y el del reino animal. El del reino vegetal, es decir, el sacrificio sin sangre, simboliza sólo una sencilla ofrenda. Es la ofrenda que no hace diferencia para quien la da. Es como aquella ofrenda que los hombres ricos depositaron en la parte del templo destinada a las ofrendas (Marcos 12:41-44). Con este hecho, el Señor Jesús dio una enseñanza inédita y espectacular, pues mostró que la gran cantidad no siempre es la mejor. La ofrenda de todos aquellos hombres ricos, aunque grande, era una ofrenda del reino vegetal, o sea, sin sangre, sin vida..
La ofrenda de la viuda pobre, en cambio, fue como un sacrificio del reino animal, con sangre y con vida, porque ella dio todo lo que poseía. Esto es sacrificio con sangre y tuvo de inmediato la alabanza del Señor Jesús (Marcos 12:42-44).
En verdad, dondequiera que el Evangelio sea predicado y mientras sea predicado, los que lo oigan sabrán de la viuda pobre. El sacrificio con sangre simboliza la ofrenda de consagración.
Nadie puede, ni debe, obligar a hacer un sacrificio, porque éste tiene que ser absolutamente espontáneo; tiene que nacer de la propia persona que desee hacerlo, pues depende exclusivamente de su fe, y la fe es algo totalmente personal, nadie puede imponerla.
Si, por casualidad, alguien fuera obligado a hacer un sacrificio, éste no tendría valor delante de Dios, porque Él jamás obliga a nada.
Dios los bendiga a todos.
Obispo Edir Macedo
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No hay obstáculos
Llevar a las personas a un despertar de la fe sobrenatural es nuestro oficio. Por lo tanto, ése ha sido tema inagotable en nuestras prédicas. Por eso es que hablaremos una vez más acerca de eso. La fe a la que nos referimos es la que agrada a Dios y trae justicia para nosotros. Esa fe nos justifica y nos lleva al perdón divino. Hay muchos que en este momento se sienten demasiados pecadores y por eso indignos de merecer ser oídos por el Creador. Mientras ese tipo de pensamiento ronde la mente de las personas, es obvio que nada sucederá. Sin embargo, cuando la persona cree en la Palabra de Dios, que dice que si confesamos nuestros pecados Él es fiel y justo para perdonar (1 Juan 1:9), y derrama sus pecados para el Señor, es inmediatamente perdonada porque actuó la propia fe. A partir del momento en que hay confesión de pecados, hay también ejercicio de la fe sobre la Palabra de Dios y sobre Su promesa. Así, cuando la persona cumple la parte que le corresponde, el Señor cumple la de Él. Eso hace que haya una renovación de la conciencia, que se vuelve limpia y purificada. Es el propio Espíritu Santo que efectúa esa limpieza y la certifica en el corazón de la persona.
Ésa es la fe que agrada a Dios y produce el milagro. Es la fe que trae todo aquello que no existe a la existencia. Es la fe que hace que la persona conquiste la plenitud de vida abundante que nos fue prometida.“¿Es así de fácil?”, puede usted preguntar. ¡Y yo les digo que sí es fácil! Las personas, las religiones y los teólogos son quienes lo complican. Afirmo que es fácil porque es sólo poner en práctica aquello en que se cree. ¿Recuerda al paralítico que fue llevado a la presencia del Señor Jesús? ¿Cómo Jesús pudo ver la fe, si es una cosa abstracta? Porque a partir del momento en que ellos (los cuatro hombres que llevaron al paralítico, como vemos en Marcos 2:1-12) creyeron que Jesús podría curarlo, no vieron obstáculos. Si usted está pasando por un momento difícil, una actitud como ésa puede cambiar el rumbo de su vida. Dios no lo llamó, mi amigo, para vivir sin recursos e infeliz; Él lo llamó para ser Su gloria en este mundo, o sea, para que usted, a través de sus victorias, Lo glorifique. Esto hace diferente nuestra vida, porque es por la fe que nosotros agradamos a Dios y vencemos el infierno, las dudas y el miedo. Es por la fe que nos volvemos invencibles e inquebrantables. Fue por la fe que el apóstol Pablo dijo: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4.13). Y si él pudo, nosotros podemos.
Dios los bendiga a todos.
Obispo Edir Macedo
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